
| Dato | Detalle |
|---|---|
| 📅Fecha | 2 de febrero (40 días después de Navidad) |
| ✝️Rango litúrgico | Fiesta del Señor (Si cae en domingo, sustituye la liturgia dominical) |
| 📖Lectura bíblica | Evangelio según San Lucas 2, 22-40 |
| 🏷️Otros nombres | Fiesta de la Candelaria, Fiesta del Encuentro (Hypapante), Purificación de María |
| 🤲Jornada asociada | Jornada Mundial de la Vida Consagrada (Instituida por San Juan Pablo II en 1997) |
| 🕯️Simbología central | Las velas (candelas): Representan a Cristo como “Luz para iluminar a las naciones” |
¿Qué es la Presentación del Señor?
La Presentación del Señor es la fiesta litúrgica que conmemora el momento en que María y José llevaron al Niño Jesús al Templo de Jerusalén, cuarenta días después de su nacimiento, cumpliendo lo que ordenaba la Ley de Moisés.
Ese día, un anciano llamado Simeón tomó al Niño en brazos y lo proclamó “Luz para iluminar a las naciones” (Lucas 2, 32). También la profetisa Ana reconoció en aquel bebé al Salvador esperado por todo Israel.
Se celebra cada 2 de febrero y es conocida popularmente como el Día de la Candelaria, por las candelas (velas) que se bendicen en la liturgia como símbolo de Cristo-Luz. Además, desde 1997 este día coincide con la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
¿Qué nos cuenta la Biblia? El relato de Lucas 2, 22-40
El cumplimiento de la Ley: humildad de una familia pobre
Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia cumplió con un doble precepto de la Ley mosaica recogido en el libro del Levítico (capítulo 12): la purificación de la madre tras el parto y la consagración del hijo primogénito a Dios.
María no necesitaba purificarse de ningún pecado. Ella, la Inmaculada, se sometió al rito por pura obediencia y humildad, del mismo modo en que su Hijo, siendo Dios, aceptaría más tarde ser bautizado por Juan en el Jordán.
Hay un detalle que conmueve: la ofrenda que presentaron fue “un par de tórtolas o dos pichones” (Lc 2, 24). Era la ofrenda de los pobres, la que la Ley permitía cuando una familia no podía costear un cordero. Y sin embargo, aquellos padres llevaban en brazos al verdadero Cordero de Dios.
San José, custodio fiel del Redentor, caminó junto a María hacia el Templo cargando no solo al Niño, sino el peso silencioso de una misión que apenas empezaba a revelarse.
El encuentro con Simeón: una vida entera de espera
En Jerusalén vivía un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo le había hecho una promesa extraordinaria: no moriría sin antes ver al Mesías.
Aquel día, guiado por ese mismo Espíritu, Simeón entró al Templo. Y al ver a aquel matrimonio humilde con su bebé, lo reconoció. Tomó al Niño en sus brazos y entonó las palabras que la Iglesia reza cada noche en la oración de Completas, el himno conocido como el Nunc Dimittis:
“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.” — Lucas 2, 29-32
Imagina la escena: un anciano que ha esperado toda su vida por una promesa, y la cumple sosteniendo a un bebé de cuarenta días. Dios no llegó con ejércitos ni con truenos. Llegó pequeño, frágil, envuelto en pañales. Y Simeón supo verlo.
Su ejemplo nos enseña que la fe no es impaciente. A veces Dios pide toda una vida de espera para cumplir lo que prometió, pero siempre cumple.

El encuentro con Ana: la perseverancia hecha oración
Junto a Simeón aparece otra figura luminosa: Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. El evangelista Lucas nos da detalles precisos sobre ella: era profetisa, viuda desde joven, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Ana representa algo que muchas veces olvidamos: la fidelidad silenciosa. No predicaba en plazas ni lideraba movimientos. Simplemente estaba ahí, orando, esperando, confiando. Y cuando llegó el momento, sus ojos —gastados por los años pero afinados por la oración— reconocieron al Mesías donde otros solo veían a un niño más.
Ella comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén (Lc 2, 38). Ana se convirtió así en la primera evangelizadora de la buena noticia de la salvación.
Simbología teológica: ¿Por qué las velas en la Candelaria?
El nombre popular de esta fiesta —Candelaria— viene de la palabra latina candela, que significa vela. Y no es un adorno folclórico: tiene raíces profundamente bíblicas.
Cuando Simeón proclamó a Jesús como “Luz para iluminar a las naciones”, estaba revelando la identidad más profunda del Mesías. Jesús no vino solo para Israel; vino para todo el que camina en tinieblas.
Por eso, desde la antigüedad, la Iglesia incorporó a esta fiesta la bendición de las velas. Los fieles llevan candelas al templo, el sacerdote las bendice, y luego se realiza una procesión con las velas encendidas antes de la Misa. Es un gesto litúrgico hermoso: la comunidad camina junta, iluminada por la misma Luz que Simeón reconoció.
Esta simbología conecta directamente con la Vigilia Pascual, cuando el cirio pascual se enciende en la oscuridad y el sacerdote proclama: “Luz de Cristo”. Desde el Templo de Jerusalén hasta la noche de Pascua, el mensaje es el mismo: Cristo es la Luz que las tinieblas no pueden apagar.

La tradición en muchos países de Latinoamérica y España incluye llevar las velas bendecidas a casa y encenderlas en momentos de dificultad, enfermedad o tormenta, como signo de confianza en la protección divina.
La profecía de Simeón y el dolor de María
En medio de la alegría del encuentro, Simeón pronunció palabras que cayeron como una sombra sobre el corazón de María:
“Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón.” — Lucas 2, 34-35
En plena fiesta, en pleno gozo por la presentación de su primogénito, María recibió el anuncio de la Cruz. No cuando Jesús tuviera treinta años, no al pie del Calvario, sino cuando el Niño tenía apenas cuarenta días de nacido.
Esta profecía revela algo esencial sobre la vocación de María: ella no fue solo la Madre del pesebre y la Navidad. Fue la Madre que aceptó caminar hacia el Viernes Santo desde el primer momento. La espada que Simeón anunció no fue una espada de metal, sino el dolor de ver a su Hijo rechazado, flagelado y crucificado.
Y sin embargo, María no huyó. No pidió que le ahorraran el sufrimiento. Guardó esas palabras en su corazón (Lc 2, 51) y siguió adelante con una fe que es modelo para todos nosotros.
Aquí aprendemos algo fundamental: la fe cristiana no es la ausencia de dolor, sino la certeza de que el dolor no tiene la última palabra. Después de la espada viene la Resurrección. Después del Viernes Santo viene el Domingo de Pascua. Siempre.

La Presentación del Señor y la Epifanía: el ciclo de la manifestación
La Presentación del Señor no es una fiesta aislada. Pertenece a un ciclo litúrgico de revelación en el que Jesús se manifiesta progresivamente al mundo:
Primero, en la Natividad del Señor, Dios se hizo carne en el silencio de un pesebre. Después, en la Epifanía del Señor, se reveló a los pueblos paganos a través de los Magos de Oriente. Luego, en el Bautismo del Señor, la voz del Padre lo proclamó Hijo amado ante el pueblo de Israel.
Y ahora, en la Presentación, Jesús entra por primera vez al Templo de su Padre, y dos ancianos movidos por el Espíritu lo reconocen como el Salvador.
Cada una de estas fiestas responde a la misma pregunta: ¿Quién es este Niño? Y cada una agrega una capa de respuesta. En la Presentación, la respuesta es luminosa: es la Luz para iluminar a las naciones, el cumplimiento de todas las promesas de Israel.
Jornada Mundial de la Vida Consagrada
En 1997, San Juan Pablo II eligió esta fiesta para instituir la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. La elección no fue casual.
Las velas que se bendicen ese día son un símbolo perfecto de la vida religiosa: se consumen para dar luz. Los monjes, monjas, frailes y consagrados de todo el mundo entregan su vida —como las candelas— para iluminar a otros desde la oración, el servicio y el silencio.
Este día es una invitación a agradecer a todos los que han elegido consagrar su existencia a Dios. Desde la monja de clausura que ora por el mundo sin que el mundo lo sepa, hasta el misionero que deja su tierra para llevar el Evangelio a los rincones más olvidados.
También es un día para rezar por las vocaciones. La Iglesia necesita hombres y mujeres que, como Simeón y Ana, sean capaces de reconocer a Cristo en lo pequeño y dedicar su vida entera a esa búsqueda.

Aplicación para la familia hoy: presentar a nuestros hijos a Dios
El gesto de María y José tiene una resonancia profunda para las familias de hoy. Ellos llevaron a su hijo al Templo y lo consagraron a Dios. No lo guardaron para sí mismos. Entendieron que aquel Niño —como todo hijo— era un don recibido, no una posesión.
Cada vez que unos padres bautizan a su hijo, cada vez que le enseñan a rezar, cada vez que lo llevan a Misa, están repitiendo el gesto de la Presentación. Están diciendo: “Señor, este hijo es tuyo antes que nuestro. Te lo presentamos”.
Y hay una verdad consoladora en este pasaje: la semilla de fe que se siembra en la infancia no se pierde. Aunque los hijos a veces se alejen, aunque atraviesen épocas de duda o rebeldía, aquella presentación ante Dios tiene un poder que trasciende el tiempo. La gracia trabaja en silencio, como trabajó en el corazón de Simeón durante décadas de espera.
La Sagrada Familia nos muestra que la fe se transmite con gestos concretos: caminando juntos al templo, ofreciendo lo que se tiene (aunque sean dos pichones), confiando en las promesas de Dios incluso cuando una espada se anuncia en el horizonte.
La tradición oriental: la Fiesta del Encuentro (Hypapante)
En las Iglesias de Oriente, esta celebración se conoce desde el siglo IV como la Fiesta del Encuentro (en griego, Hypapante). El nombre es teológicamente precioso, porque describe exactamente lo que ocurrió en el Templo: el encuentro entre Dios y su pueblo.
Jesús, el Dios hecho Niño, se encontró con Simeón y Ana, representantes de todo Israel. Lo antiguo y lo nuevo se abrazaron. La espera terminó. La promesa se cumplió.
Los grandes Padres de la Iglesia oriental, como San Basilio y San Gregorio Nacianceno, vivieron en el siglo IV, la misma época en que esta fiesta florecía en Oriente. Ellos, doctores de la fe, ayudaron a articular la teología que sostiene esta celebración: que en Cristo, Dios sale al encuentro de la humanidad.
Desde Jerusalén, la fiesta se extendió a Constantinopla hacia el año 450, y poco después llegó a Roma, donde se le añadió la procesión con velas que hoy conocemos.
Dejarnos encontrar por la Luz
La Presentación del Señor es mucho más que un episodio bíblico o una tradición con velas. Es una invitación a vivir como Simeón y Ana: con los ojos del corazón abiertos, esperando con paciencia, reconociendo a Dios en lo pequeño y lo cotidiano.
Jesús entró al Templo como un bebé en brazos de su madre. No hizo milagros ese día. No pronunció discursos. Simplemente se dejó presentar. Y en ese gesto de humildad, dos ancianos encontraron el sentido de toda su vida.
Hoy, esa misma Luz sigue brillando. En cada Misa, en cada vela encendida con fe, en cada hijo que unos padres presentan a Dios, el misterio de la Candelaria se renueva.
La pregunta que esta fiesta nos deja es sencilla pero profunda: ¿Estamos dispuestos a esperar, como Simeón? ¿A perseverar, como Ana? ¿A reconocer la Luz incluso cuando llega envuelta en la fragilidad de un Niño?
Oración para la Fiesta de la Presentación del Señor

“Señor Jesús, Luz para iluminar a las naciones, Tú que quisiste ser presentado en el Templo en los brazos de María y José, abre nuestros ojos como abriste los de Simeón, para que sepamos reconocerte en lo pequeño, en lo humilde, en lo que el mundo pasa de largo.
Danos la perseverancia de Ana, que nunca dejó de orar ni de esperar. Y si una espada de dolor atraviesa nuestra alma, concédenos la fe de tu Madre, que supo caminar hacia la Cruz confiando en la promesa de la Resurrección.
Que nuestras vidas, como las velas de la Candelaria, se consuman dando luz a quienes nos rodean. Por intercesión de la Santísima Virgen María y de todos los santos. Amén“
— Oración para la Fiesta de la Presentación del Señor
📚 Fuentes y Referencias
- La Santa Sede — Homilías papales sobre la Presentación del Señor y la Jornada de la Vida Consagrada. vatican.va
- Vatican News — Fiesta de la Presentación del Señor: contexto litúrgico e histórico. vaticannews.va
- La Santa Biblia — Evangelio según San Lucas 2, 22-40; Levítico 12.
- EWTN — Explicación doctrinal de la Presentación de Jesús en el Templo y el significado de la Candelaria. ewtn.com
- Misal Romano — Oraciones, antífonas y rúbricas de la liturgia de la Presentación del Señor y bendición de las candelas.
Preguntas frecuentes Presentación del Señor
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¿Por qué se llama Candelaria el 2 de febrero?
El 2 de febrero se llama Candelaria porque ese día se bendicen candelas (velas) en la liturgia. El nombre viene del latín candela. Las velas simbolizan a Jesucristo como “Luz para iluminar a las naciones”, según las palabras que el anciano Simeón pronunció al recibir al Niño en el Templo (Lucas 2, 32).
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¿Por qué se comen tamales el Día de la Candelaria?
La tradición de comer tamales el 2 de febrero es una fusión de la fe católica con las costumbres prehispánicas de México. En esta fecha, los pueblos indígenas celebraban rituales a Tláloc ofreciendo alimentos de maíz. Con la evangelización, esta costumbre se unió a la fiesta de la Presentación del Señor. Quien encontró al Niño en la Rosca de Reyes paga los tamales.
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¿Cuándo se quita el Nacimiento o Belén?
El Nacimiento o Belén se retira tradicionalmente el 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor. Este plazo de cuarenta días desde Navidad recuerda el tiempo que la Ley de Moisés establecía antes de llevar al primogénito al Templo. Otra opción válida es retirarlo tras la fiesta del Bautismo del Señor.
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¿Qué es la Jornada Mundial de la Vida Consagrada?
La Jornada Mundial de la Vida Consagrada es una celebración instituida por San Juan Pablo II en 1997, que se celebra cada 2 de febrero. Este día la Iglesia agradece y ora por los religiosos y religiosas que consagran su vida a Dios. Se eligió la Presentación del Señor porque las velas simbolizan la entrega total: consumirse para dar luz.
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¿Qué significan Simeón y Ana en la Presentación del Señor?
Simeón y Ana representan la esperanza fiel del pueblo de Israel. Simeón, anciano justo, había recibido del Espíritu Santo la promesa de ver al Mesías antes de morir. Ana, profetisa viuda de 84 años, servía a Dios con ayunos y oración. Ambos reconocieron en el Niño Jesús al Salvador prometido.